Los gestos amenazadores, bravuconadas en el pasado, han crecido espectacularmente en corto espacio de tiempo. La lista del gobierno de Corea del Norte es larga:
realiza una prueba nuclear subterránea prohibida por la comunidad
internacional, corta la línea roja telefónica con las autoridades del
Corea del Sur, anuncia que ha vuelto al estado de guerra con su vecina, prohíbe la entrada del trabajadores del Sur en el parque industrial de Kaesing, llama excremento humano y gangster militar al ministro de defensa de Seúl y, sobre todo, reactiva el reactor nuclear de Yongbyon.
Esta planta produjo material para la construcción de bombas nucleares y
había sido cerrada hace unos seis años a cambio de la importante ayuda
económica que Estados Unidos, Corea del Sur y Japón prestaron al régimen
norcoreano.
La escalada puede continuar. Los dirigentes norcoreanos son puntillosos.
Consideran una provocación que la ONU los sancione económicamente por
haber realizado su prueba nuclear y su irritación no tiene límites al
ver que Estados Unidos y Corea del Sur realizan maniobras militares
conjuntas. En su análisis o en su despliegue verbal esto no significa
que los dos países aliados quieran estar listos en caso de agresión del
norte, para el régimen comunista es justamente lo contrario: están
preparando un ataque a Corea del Norte.
Un soldado norcoreano observa desde su puesto en la frontera entre el sur y el norte. | Afp
Los arrebatos verbales del régimen probablemente más execrable del mundo
-gasta cantidades ingentes en armamento mientras millones de sus
habitantes pasan hambre y aplasta los derechos humanos- no son de ahora.
Sus soflamas contra Washington y lo que ellos llaman el gobierno títere
de Corea del Sur han sido una constante durante los años del padre y
del abuelo del actual presidente. La novedad ahora es la repetición en poco tiempo de los gestos desafiantes y la bisoñez del nuevo líder, Kim Jong-un, que sólo tiene 29 años.
Estados Unidos ha manejado hasta ahora el asunto sin estridencias.
Tanto su Administración como los medios de información, sin
despreciarlas, conceden una importancia relativa a las bravatas
norcoreanas. Los dirigentes comunistas ya anunciaron que tenían la
capacidad de alcanzar con sus misiles el territorio de Estados Unidos. Farolean en cuanto al continente, pero no en cuanto a las islas,
posesiones americanas en el Pacífico en las que, con frecuencia, hay
instalaciones militares. Por ello, Washington instalará en las próximas
semanas un escudo antimisiles en la isla de Guam. El flamante secretario
de Estado estadounidense, John Kerry, viaja en breve a Pekín, Tokio y
Seúl para obtener la ayuda de estas capitales en las presiones a Corea
del Norte. Papel clave es el de Pekín.
¿Pueden los dirigentes norcoreanos, en su catarata de provocaciones, dar un paso irreversible?
Desde que a fines de los 50 las dos grandes potencias adversarias,
Estados Unidos y la Unión Soviética, se encontraron en disposición de
utilizar el arma atómica, el mundo se ha regido ante el temor de la
Destrucción Mutua Asegurada (MAD en las siglas inglesas). Si yo golpeo a
mi contrincante y le causo un daño muy considerable, él replicará
empleando el arma nuclear que también me producirá a mí miles o millones
de muertos. El desenlace sería el que refleja el filme 'El planeta de
los simios'. Esta convicción ha permeado el comportamiento de las dos
naciones hegemónicas durante la guerra fría y de aquellas que han tenido
acceso posteriormente al armamento nuclear.
Como señala el analista Gideon Rachman en 'The Financial Times', esta conducta requiere que los adversarios no estén pirados,
que tengan un comportamiento racional. El problema actual es que se
desconoce si el joven presidente norcoreano, que necesita reafirmar su
autoridad en el país, lo tendrá. Debería tenerlo, por mucho daño que
causara a la vecina Corea del Sur, Estados Unidos podría, en cuestión de
horas, borrar del mapa a todas las ciudades importantes del norte, pero
no se puede estar totalmente seguro. Como apunta Rachman, si hay un
régimen en el mundo que puede desafiar la lógica de la disuasión nuclear
es Corea del Norte.
Los expertos sensatos insisten, y deberíamos creerlos, en que los gestos de Corea son pirotecnias verbales
para consumo interno, que sus dirigentes no quieren suicidarse. Tiene
lógica la conclusión aunque Sadam Husein, más curtido que el coreano,
optó por el suicidio.
